El peligro de los castigos: ¿por qué no educan?

Ya casi forma parte de la sabiduría popular eso de que es mejor evitar los castigos en la educación, pero pese a ello, muchos padres (y por supuesto profesores, abuelos, etc) siguen empleándolos de manera indiscriminada con sus hijos. ¿Qué efectos puede tener el castigo?, ¿por qué es mejor evitarlos? Vamos a verlo.

Con el tiempo se ha tendido a priorizar el empleo de refuerzos por encima de los castigos; de hecho el propio Skinner, padre del conductismo, señalaba que la búsqueda de alternativas al castigo es un indicio de civilización. Y se busca evitar el empleo de castigos no porque estos no funcionen, que lo hacen, al menos a corto plazo; sino porque su uso conlleva una serie de efectos que no son deseables.

Hay bastante investigación acerca de las consecuencias negativas asociadas al empleo de los castigos, que se pueden resumir en las siguientes:

  • el castigo genera una serie de respuestas emocionales negativas en quien lo recibe (por ejemplo miedo, rabia, ansiedad, etc.)
  • genera un modelo negativo de conducta que más adelante se puede tender a imitar
  • interfiere en la calidad de la relación entre el castigador y el castigado, lo cual acaba haciendo que el castigado (habitualmente el hijo) no quiera ver ni en pintura al castigador (habitualmente, uno de sus padres)
  • se puede producir lo que se conoce como “sustitución de la respuesta”, esto es, que la conducta castigada se sustituye por otra igualmente indeseable
  • a veces puede incluso producir un incremento de la respuesta castigada o una disminución en otras que sí son positivas. Por estos motivos actualmente prefiere evitar el empleo del castigo en pro de otras técnicas de conducta basadas en el refuerzo o en la extinción.

Pero ojo, todas estas consecuencias no se limitan, como podría parecer, al empleo de los castigos físicos, sino de cualquier tipo de castigo, como por ejemplo, la retirada de privilegios, el clásico “pues te quedas sin lo que sea”.

Este es el tipo de castigo que más suelen emplear los padres y, aunque parecen mucho más razonables que otros más severos y con los que la mayoría de la gente no está de acuerdo, tampoco se libran de algunos problemas: no suelen guardar relación con la conducta que se pretende corregir, no son contingentes (esto es, que no se aplican inmediatamente después de la conducta) y no requieren realmente un esfuerzo por parte del niño. Por ejemplo, ¿qué tendrá que ver que haya derramado la leche con que no baje al parque?, ¿o que haya pegado a un niño en el parque con que se quede sin ver la tele?

Pero además del tipo de castigo que se aplique, otro problema es la frecuencia con la que se utilizan. Porque cuando se hace en exceso, pierde fuerza y los niños se hacen insensibles a este. La de padres que acuden a consulta diciendo: ”le hemos quitado la tele, la tablet, sus juguetes favoritos, le hemos dejado sin parque… se lo hemos quitado todo pero parece que le da igual”. Y es que a veces parece que el fin del castigo sea “fastidiar al niño para que aprenda”, ya sea en forma de dolor físico o emocional; como si el valor educativo dependiera del grado en el que sufre el niño. Por eso a veces los padres llegan a ridiculizar o humillar a los hijos con el objetivo de que estos “aprendan”. Y sí, es verdad que aprenden, pero quizá no lo que sus padres quieren: este tipo de medidas lo que promueven es la rabia del niño, y la rabia no le lleva precisamente a pensar en querer portarse bien.

Otro problema es que el castigo, en muchas ocasiones, es algo improvisado que se hace en caliente; por lo que en muchas ocasiones se reduce a una situación en la que los padres se enfadan, pierden los papeles, gritan a sus hijos y les aplican una consecuencia desproporcionada e impulsiva, a modo de pequeña venganza. Y todos sabemos que cuando se hacen las cosas en caliente no se hacen de la mejor forma, con lo que muchas veces esas medidas exageradas al final no se mantienen, con lo que además los padres pierden credibilidad. Esto puede alimentar en el niño la idea de que “da igual lo que haga, y da igual lo que mis padres digan, porque al final nunca pasa nada”. Y eso tampoco es bueno.

Por lo tanto, si entendemos el castigo en estos términos, como un método que parece destinado a fastidiar al niño para que aprenda, desproporcionado, que no guarda relación con la conducta que queremos cambiar, que se improvisa, etc. entonces además de ser éticamente cuestionable el pretender lograr cosas mediante amenazas, es que ni si quiera es útil desde un punto de vista pedagógico. Porque al final los niños lo único que acaban aprendiendo es cómo llevar a cabo las conductas que queremos corregir sin ser descubiertos para evitar esos castigos, pero no llegan a aprender los motivos que hay tras la desaprobación de sus padres, ni el modo correcto de comportarse.

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Licencia Creative Commons Este artículo, escrito por Alberto Soler Sarrió se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 España.

Acerca de Alberto Soler Sarrió

Mi nombre es Alberto Soler Sarrió. Estoy casado, soy padre de tres hijos y soy psicólogo en Valencia. Tras haberme licenciado en Psicología por la Universidad de Valencia, posteriormente amplié mi formación en el área clínica realizando un Máster en Psicología Clínica y de la Salud y en 2013 obtuve el certificado Europsy de Especialista en Psicoterapia. En 2015 comencé con el videoblog Píldoras de Psicología, en el que cada semana trato un tema diferente relacionado con el crecimiento personal y la crianza de los hijos. En la actualidad compagino mi consulta privada de psicología con charlas y conferencias sobre educación y crianza, contando con una experiencia de más de 12 años en psicoterapia y asesoramiento a padres. Soy colaborador del programa Ser Saludable, en la Cadena Ser, de L'Escoleta en À Punt Mèdia, y he colaborado en otros muchos espacios de radio, televisión y prensa como la Cadena Ser, El País Semanal o Canal 9. Formo parte del proyecto Gestionando Hijos y soy profesor de la Escuela Bitácoras. Soy el co-autor de “Hijos y padres felices. Cómo disfrutar la crianza”, editado por Kailas.

Un comentario

  1. El tema de los castigos me parece muy interesante, y en nuestro caso intentamos no caer en ellos, y muchas veces le digo a mi hija de 4 años que en nuestra casa no castigamos, pero ella cuenta a veces que en el cole castigaron a tal o tal otro, no nos dice cómo, aunque intuyo que los sientan en una silla separados o algo asi… mi hija es una niña muy sensible y le afecta mucho cuando ve que otros hacen algo que nosotros le inculcamos que no se debe hacer. Ella va contenta al cole por lo que no me preocupa en exceso, aunque igualmente quería hablar con la profe para preguntarles como hacen, que tipo de castigos aplican y cuando los hacen… Yo no estoy de acuerdo con ellos pero no creo que mi opinión la tengan en cuenta en el cole (por las charlas colectivas a las que fuimos no me parece que sean muy abiertos a alternativas a sus métodos…). De todas formas no sé muy bien como enfocar, este tema y otros, en los que en nuestra casa hacemos de una forma y le inculcamos que otras formas no están bien, y luego en otros entornos no lo hacen así… porque aunque le explico que en nuestra casa no hacemos así, y en otras sí que lo hacen, creo que le confunde (y no me extraña) el ver que en otros sitios hacen lo que “está mal” (según nuestros valores claro), y yo no sé justificarle el que por ej en el cole sí que empleen los castigos.

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