En la mente de los antivacunas: ¿por qué piensan así? #VaccinesWork

Cada vez hay “más padres que no vacunan a sus hijos porque creen que las vacunas son inútiles, innecesarias, peligrosas, o las tres cosas a la vez. Algunos incluso se sorprenden de que yo esté a favor de las vacunas. Como si hubiera una especie de paquete ideológico raro-progre-natural, por el que si defiendes la lactancia materna o coger en brazos a los niños, también debes estar, «lógicamente», en contra de las vacunas y creer en la medicina «alternativa» y en la era de Acuario.”

Qué forma más buena de empezar un vídeo sobre antivacunas, ¿verdad? La pena es que esta frase no es mía, es la frase con la que el pediatra Carlos González arranca su libro “En defensa de las vacunas”, y no se me ocurría mejor forma de empezar este vídeo que robando vilmente sus palabras.

Según un informe de la OMS el Sarampión ya ha afectado en lo que llevamos de año a más de 41.000 personas en Europa. ¿Sabéis cuántos casos hubo en todo 2016? Poco más de 5000. Los responsables de este incremento absurdo en la incidencia de esta enfermedad son los llamados «antivacunas», personas que, por diferentes motivos, deciden no vacunar a sus hijos, poniendo su vida y la del resto de la población en riesgo.

Origenes de los antivacunas

Pero los movimientos antivacunas no han empezado hace dos días por culpa de cuatro privilegiados inconscientes de países en los que la gente ya no muere por culpa de enfermedades prevenibles. Estos movimientos se remontan a los tiempos de Jenner y la primera vacuna contra la viruela. Si no sabéis quien es Jenner, se le atribuye el ser la persona individual que más vidas ha salvado en la historia de la humanidad. ¿Cómo lo ha conseguido? Su superpoder fue desarrollar la primera vacuna.

Pues ya desde entonces, estos movimientos tuvieron el apoyo de muchas congregaciones religiosas que consideraban la vacunación “anormal” y “reprobable” (si Dios nos envía una enfermedad, ¿quienes somos nosotros para impedírselo?), y luego se sumaron a este apoyo algunas personas de otros sectores como la medicina naturista, vegetarianos, veganos y las llamadas “medicinas alternativas” (obviamente no todas las personas de estos grupos son anti vacunas, que luego os enfadáis en los comentarios). Su estrategia poco ha cambiado desde aquella época: destacar los defectos o los efectos secundarios de las vacunas (que en aquellos primeros momentos eran más frecuentes, todo hay que decirlo) y negar u ocultar sus efectos positivos.

El éxito de los antivacunas

Lamentablemente a día de hoy los antivacunas tienen más éxito del que han tenido nunca; aunque en números absolutos son muy pocos, el daño que hacen es enorme. ¿Cómo pueden tener tanto éxito? Hay varios factores que lo explicarían:

Paradójicamente es el propio éxito de las vacunas uno de los factores que se encuentra detrás de la extensión de estos movimientos; y es que apenas conocemos ya las enfermedades que previenen las vacunas. No somos conscientes de que enfermedades como el sarampión, la tos ferina o la rubéola no han desaparecido, sino que se mantienen controladas gracias a la vacunación. Y tampoco somos conscientes de los riesgos o las secuelas que pueden producir estas enfermedades.

Otro factor es internet: los movimientos anti vacunas han encontrado aquí un enorme altavoz: cualquiera puede decir lo que le venga en gana sin ningún tipo de filtro más allá de la responsabilidad individual, que en esos casos es nula. No es que los padres que deciden no vacunar no estén informados, por lo general estos padres han leído bastante, pero no de las fuentes adecuadas, por lo que gran parte lo que han leído es erróneo o falso. De hecho, es preocupante, pero hay estudios que señalan que más del 50% de la población cree que toda la información que hay disponible en internet sobre salud es fiable. Así nos va…

Habría otro factor que sería el individualismo (por no decir, directamente, egoísmo), que lleva a algunos padres a plantearse asuntos como la vacunación pensando sólo en su hijo y no en el conjunto de la sociedad: “YO no quiero asumir los posibles riesgos que supone el vacunar a MI hijo”. La parte implícita de este razonamiento, es que eso lo puedes hacer cuando tu hijo está protegido por las altas tasas de vacunación de los demás niños que tiene a su alrededor. Así la apuesta no es tan alta. Yo no vacuno, pero la probabilidad de contraer la enfermedad es baja. Me beneficio de la inmunidad de grupo pero no contribuyo a ella. Pero si todos actuáramos igual, la situación sería muy diferente.

El caso es que no hay que plantearlo solo desde el punto de vista individual: al vacunar a tus hijos, no lo haces solo por ellos, sino también por el conjunto de la sociedad, ya que sí la mayoría vacunamos a nuestros hijos, contribuimos a proteger a las personas que por diferentes motivos no se pueden vacunar (como personas inmunodeprimidas, embarazadas, bebés pequeños que aún no tienen edad suficiente para vacunarse, etc).
Entonces, ¿qué lleva a un padre a no vacunar a su hijo? En última instancia, lo que lleva a un padre a no vacunar a su hijo es una mezcla de desinformación y miedo; miedo a hacerle daño a sus hijos por una acción suya (la vacunación) y la falta de consciencia de los peligros que suponen las enfermedades de las que no vacunan. A los padres lo que más nos importa es la salud y el bienestar de nuestros hijos, y la idea de que podamos ser los causantes con nuestra decisión de un daño importante es algo que nos asusta mucho. El pensamiento sería más o menos algo así: “si le inyecto algo a mi hijo que le pueda hacer daño, soy yo con mi decisión, el responsable de ese daño”, y esto es algo difícil de asumir. Pero estos padres no se dan cuenta del riesgo al que someten a sus hijos con la otra decisión que están tomando, la de no vacunar.

La ideologia de los antivacunas

Hasta ahora os he comentado los factores más generales que justifican la extensión de estos movimientos, pero ¿cuáles son exactamente los motivos ideológicos que siguen estas personas?, ¿cuáles son esos principios que se anteponen a la salud y al avance científico?

Para empezar, tenemos las religiones; algunas están en contra de las vacunas porque piensan que en lugar de acudir a la medicina lo que hay que hacer es rezar mucho y confiar en la voluntad divina. Por ejemplo, algunas comunidades amish, rechazan la vacunación porque constituye una expresión de la modernidad. Y los brotes de ciertas enfermedades van que vuelan en esas comunidades. Al final se trata de alejar a los fieles de cualquier avance científico o sanitario, para que todo pase por la religión; de hecho, las plagas y las enfermedades se han tratado históricamente como castigos divinos, y el miedo a estas, como estrategia de control de la población. ¿Otro ejemplo? Otros grupos religiosos, por ejemplo, piensan que la vacuna contra el virus del papilloma puede fomentar las relaciones sexuales entre los jóvenes, por lo que (en su lógica) es mejor que mueran esos jóvenes a que mantengan relaciones sexuales no destinadas a la procreación.

Más ejemplos: los testigos de Jeovah, que por su parte rechazan el uso de la sangre y derivados de esta como las inmunoglobulinas, porque piensan que solo la sangre derramada por Jesús puede salvarles. Los hindúes o los budistas se oponen a algunas vacunas por la forma en que se obtienen, ya que algunas utilizan virus o bacterias muertas y ellos defienden el respeto a todas las formas de vida. También están los anti abortistas, que se posicionan en contra de algunas vacunas que utilizan líneas celulares de origen fetal.

Luego está otro grupo más heterogéneo y muy numeroso, ligado a movimientos new age y otro tipo de religiones modernas, que se dejan llevar por aquello de que “lo natural siempre es mejor”, “el cuerpo es sabio”, etc. Piensan que las vacunas pueden ser dañinas, que las enfermedades que se pretenden prevenir no son tan peligrosas o que ni si quiera existen; creen que es mejor sufrir enfermedades como la tos ferina o la varicela, y obtener así una inmunidad “natural” (recordemos, natural siempre es mejor para ellos, aunque en el caso que nos ocupa, lo “natural” puede ser morirte). Dentro de este grupo también estarían los que piensan que no es bueno inmunizarse de varias enfermedades a la vez, los que piensan que las vacunas sólo obedecen a los intereses de las empresas farmacéuticas, o quienes creen que comiendo comida orgánica, superalimentos, lavándose bien las manos o alineándose los chacras pueden evitar estas enfermedades sin necesidad de inyectarse a saber qué compuestos peligrosos en el cuerpo…

Soluciones: ¿vacunación obligatoria?

Entonces, ¿qué podemos hacer? Pues no es una respuesta sencilla. En la Unión Europea ya son 14 países, con la reciente incorporación de Francia e Italia, que han optado por declarar obligatoria la vacunación en la población infantil. ¿Y qué sucede en España? Pues es complejo; por un lado, desde un punto de vista legal, no es posible la vacunación obligatoria salvo en casos de epidemia. No obstante, en el caso de padres que deciden no vacunar a sus hijos la cuestión es diferente, ya que estarían haciendo un abuso de su patria potestad, haciendo incurrir en un riesgo objetivo y prevenible al menor que tienen a su cargo. En este sentido se podría vacunar forzosamente al menor, y hay algunas sentencias a este respecto que lo avalan. ¿Pero tiene sentido? No hay que olvidar que los primeros movimientos antivacunas surgieron a raíz de la obligatoriedad de vacunar a toda la población; más presión genera más resistencia. Pero también hay datos objetivos que muestran que las campañas de información son claramente insuficientes a la hora de concienciar a la población.

Quizá, la opción de una “obligación flexible” por la que han optado algunos países como Italia no fuera una mala idea: no es obligatoria la vacunación, pero sí un requisito para acceder a escuelas y guarderías públicas o a ciertas ayudas sociales. Sería una forma en la que el estado se aseguraría de evitar la propagación de enfermedades prevenibles en población vulnerable y en espacios públicos.

Si queréis más información sobre este tema os recomiendo «En defensa de las vacunas«, de Carlos González , «Vacunas sin miedo», de Gloria Cabezuelo Huerta y Pedro Frontera Izquierdo, y el Manual de vacunas para padres, de la SEPEAP

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