El experimento de Solomon Asch sobre la conformidad: ¿eres influenciable por los demás?

El experimento de Solomon Asch sobre la conformidad social no deja a nadie indiferente. Seguro que muchas veces os habéis dejado llevar por la opinión de los demás, incluso sabiendo que lo que decían no era del todo cierto. A veces la presión social es tan fuerte que nos hace ir en contra de nuestros propios principios, o incluso nos lleva a pensar que estamos equivocados. De hecho los políticos se aprovechan a veces de esto, porque saben que si repiten suficientes veces algo, aunque sea una mentira, sí ésta la repite un suficiente número de personas, al final acabará pasando por cierta…

El experimento de Solomon Asch

En los años 50 del siglo pasado el psicólogo Solomon Asch hizo el siguiente experimento: juntaba a un grupo de entre 7 y 9 personas, a los que les mostraba unas imágenes como las que os he enseñado antes. Estas personas simplemente tenían que responder cuál de las líneas era igual al modelo que les habían enseñado. Asch les dijo que el experimento iba sobre la percepción visual, pero en realidad lo que quería estudiar era la conformidad, quería estudiar la influencia de la presión social en las personas. En realidad, de todas las personas que habían en el grupo, todas excepto una (el sujeto experimental) eran infiltrados, y estaban compinchados con Asch para dar respuestas incorrectas la mayor parte del tiempo. El verdadero sujeto del estudio, el único que no era un infiltrado, tenía que dar su respuesta después de haber escuchado las del resto del grupo. Asch mostraba una cartulina, luego la otra, y preguntaba al grupo cuál de las tres líneas tenía una longitud igual a la primera. Uno a uno, y en voz alta todos iban dando la respuesta. Durante las primeras imágenes los infiltrados daban la respuesta correcta, que además era muy obvia. Pero llegaba un momento en el cual todos empezaban a dar, con mucha seguridad, una respuesta incorrecta. 

¿Y qué hacía el sujeto experimental? Asch pensaba que la mayoría de las personas no se conformarían con algo obviamente erróneo, pero los resultados le sorprendieron: vio que un número elevado de participantes dieron una respuesta incorrecta, la misma que el grupo, a pesar de saber que era errónea. Las personas se dejaban llevar por la presión del grupo. Esto ocurrió en un 37% de las veces,  y al final, el 76% de los sujetos apoyaron las respuestas falsas del grupo al menos en una ocasión, esto es, se dejaron llevar por la presión. Este experimento hizo tan famoso a Asch que al final acabó conociéndose como el experimento de Solomon Asch.

Al acabar el experimento, se entrevistó a las personas para preguntarles por qué habían dado esas respuestas, y éstas explicaron que sí, que sabían que lo que decían los otros era incorrecto, pero que dijeron lo mismo que el resto por miedo a destacar, por temor a ser ridiculizados de algún modo al pensar de manera distinta a los demás. Algunos incluso llegaron a pensar que estarían equivocados, y que los otros tendrían razón si todos lo veían de la misma manera. 

Entonces Asch hizo una pequeña modificación del experimento. Le pidió a uno de los infiltrados que diera la respuesta correcta y rompiera la unanimidad del grupo. ¿Qué ocurrió entonces? Pues parece como si esto “diera permiso” a la persona para discrepar, ya no se sentía el único, con lo que daba la respuesta que creía correcta y la conformidad bajaba. ¿Y sabéis lo que era más curioso? Que la conformidad bajaba más todavía cuando la persona que discrepaba, en vez de dar la respuesta correcta, daba una evidentemente más errónea. Parece que la unanimidad del grupo, que todos digan lo mismo, como borregos, es crucial para que se de la conformidad, porque es más fácil resistir esa presión grupal cuando hay algún elemento discrepante, piense lo mismo que nosotros o no.

Implicaciones del experimento de Solomon Asch

Bueno, ¿y qué implicaciones tiene todo esto? Tened en cuenta que el experimento de Solomon Asch hace referencia a algo muy concreto, el tamaño de unas líneas, algo objetivo de lo que nadie parece dudar. E incluso así, la fuerza de la presión grupal es tan grande, que la gente cambia de criterio. ¿Qué sucede cuando hablamos de cosas más sutiles como un punto de vista, una opinión o una idea…? Ahí la fuerza del grupo es mucho más grande y nos arrastra, hasta el punto en el que ya ni somos capaces de darnos cuenta de qué es lo que realmente creemos o pensamos. 

Esto es algo que se conoce muy bien entre los profesionales de la comunicación; cuando un partido político se enfrenta a un tema delicado, a primera hora de la mañana, todos sus miembros reciben un correo con el argumentario oficial: esto es lo que ha ocurrido, esto es lo que tienes que decir cuando os pregunten los periodistas. Y no te salgas de aquí. Esto se transmite también a periodistas afines al partido, que repetirán las mismas consignas en sus debates de televisión, tertulias en la radio, columnas en la prensa, etc. Y así, a ojos de la opinión pública, no hay fisuras, sino un único discurso al que adherirse, al que podemos llamar… “la verdad”. Aunque hayan dudas, el público mostrará conformidad por miedo a la discrepancia. Y ya tenemos una realidad diseñada al gusto de cada uno. 

Pero no es necesario irnos tan lejos; pensad, por ejemplo, en vuestro trabajo, colegio, instituto o grupo de amigos. Si todos coinciden en que Pablito o Anita son estúpidos, ¿qué vais a hacer vosotros? Es poco probable que digáis “pues a mí me parece una persona estupenda”. Probablemente callaréis, o incluso os suméis a esa opinión grupal por miedo a destacar y ser marginados. Cuesta mucho resistirse a la presión del grupo, sobre todo, cuando durante toda la vida nos han enseñado a obedecer. Primero, a nuestros padres. Y luego al grupo. Pero muchas veces es preferible mantenernos firmes en nuestras opiniones o puntos de vista, y es necesario tener esto claro para poder transmitírselo así a nuestros hijos.

¿Qué os ha parecido el experimento de Solomon Asch?

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Licencia Creative Commons Este artículo, escrito por Alberto Soler Sarrió se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 España.

 

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