Exceso de empatía: cuando la empatía se convierte en un problema

Cuando hablamos de empatía solemos hacerlo, habitualmente, en el sentido de cómo fomentarla, de educar en empatía, etc. Porque sabemos que es una capacidad necesaria y muy deseable para la vida en sociedad. Pero, ¿qué ocurre cuando esa empatía aparece en exceso? Hay personas que tienen lo que podríamos llamar un exceso de empatía o hiperempatía que, lejos de ayudarles en el día a día, les puede llegar a suponer muchas dificultades. Hoy vamos a hablar de esto, de qué pasa cuando la empatía es excesiva.

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¿Qué es la empatía?

Empecemos por el principio y veamos a qué nos referimos con eso de “empatía”; entendemos por empatía la capacidad que tenemos para percibir los sentimientos, pensamientos y emociones de los demás, en base al reconocimiento del otro como similar, es decir, como un individuo similar con mente propia. Además, consiste en entender a una persona desde su punto de vista en vez del propio, o en experimentar indirectamente lo que siente o percibe la otra persona. Vamos, lo que muchas veces hemos oído de “ponernos en el lugar del otro”. Pues eso. Cuando tenemos delante a otra persona, ser capaces de reconocerle como similar a nosotros, con sus propias sensaciones, deseos y necesidades, y poder comprender cómo piensa y se siente en relación a lo que está viviendo. Eso sería la empatía.

Aunque la empatía directamente no implica una motivación de ayuda, muchas veces suele ser así: comprendo por lo que estás pasando, me pongo en tu lugar, veo que a mi me gustaría que me echaran un cable si estuviera en tu situación, por lo tanto haré lo mismo contigo. Claramente la empatía es un elemento clave para la vida en sociedad ya que nos ayuda a ser un poco más amables y considerados con los demás. Si no fuéramos empáticos ésto sería la ley de la selva. Por eso la empatía es un objetivo bastante central para la educación de los niños, tanto en casa como en las escuelas. Queremos ciudadanos empáticos.

Exceso de empatía o hiperempatía

Pero, ¿qué ocurre? Pues que, como en todo, hay niveles y niveles. Y mientras que algunas personas necesitan potenciar esta capacidad y ser más empáticos, hay otras personas que tienen tan desarrollada esa capacidad que les llega a suponer un problema, bien por verse abrumadas por un exceso de emociones que cuesta controlar, o bien por acabar interfiriendo en la defensa de los propios derechos y necesidades. Son personas que conectan tanto con los demás, que al final acaban sufriendo por todo aquello negativo que perciben. Así, este exceso de empatía les acaba generando estrés, ansiedad y un bajo estado de ánimo.

Las personas con exceso de empatía no eligen ser empáticas, sino que reaccionan automáticamente, casi sin poder evitarlo, a los estados emocionales de otras personas, y esto acaba condicionando sus propias emociones o conductas.

Por ejemplo, el hecho de ver una persona en situación de necesidad les puede producir una reacción emocional muy intensa, al punto de llegar a sentirse emocionalmente muy afectadas. Tampoco es que debamos ser indiferentes ante el sufrimiento o la necesidad de los demás, pero no es adaptativo reaccionar de una manera tan intensa que acabe interfiriendo en tu día a día. Otro ejemplo del exceso de empatía sería la dificultad para rechazar hacer un favor; al conectar tanto con la necesidad de la otra persona resulta complicado no ofrecerse para ayudar. Nuevamente lo mismo que comentábamos antes, no es que no debamos hacer favores a otras personas, pero si una excesiva empatía nos impide decir que no, al final no somos dueños de nuestras decisiones ni de nuestro tiempo.

Además, ser excesivamente empático en un entorno en el cual la empatía no es una cualidad abundante, puede facilitar situaciones de abuso; ¿eso de que das la mano y te cogen el brazo? Pues eso.

¿Qué hacer ante una empatía excesiva?

Entonces, entendiendo que la empatía es necesaria, pero que como con todo, un exceso de la misma puede ser perjudicial, ¿qué opciones tenemos? Pues distintos autores hablan de conceptos relacionados, como lo serían la empatía selectiva o la ecpatía.

La empatía selectiva

La psicóloga Marcia Reynolds habla de empatía selectiva para enfatizar la necesidad de controlar la propia empatía: soy consciente de las emociones y necesidades de la otra persona, pero no me dejo arrastrar automáticamente por su realidad. Yo elijo, en base a esa percepción, mi grado de implicación sin sentirme egoísta ni culpable. Y es que la empatía selectiva no es sinónimo de egoísmo, frivolidad o indiferencia, sino que es una medida básica de sanidad mental y emocional que se contrapone a las personas que se ven arrastradas por los estados de ánimo y sentimientos de los demás.

La ecpatía

Por su lado, José Luís González de Rivera, catedrático de psiquiatría, habla de la ecpatía como concepto complementario al de empatía. Ecpatía vendría del griego ek-patheia, que significa literalmente “sentir fuera”, y sería el “proceso mental de exclusión activa de los sentimientos inducidos por otros”. Según González la ecpatía es un proceso voluntario de exclusión de sentimientos, actitudes, pensamientos y motivaciones inducidas por otra persona. Es decir, es un proceso por el que podemos, de forma voluntaria, excluir o dejar de lado los sentimientos y las emociones que nos transmite una determinada situación que vive otra persona. Suena políticamente poco correcto, pero sin duda es una habilidad muy necesaria. Por ejemplo pensad en nosotros, los psicólogos, si no tuviéramos esa capacidad de ecpatía: acabaríamos dejándonos arrastrar por las emociones de nuestros pacientes, y eso nos impediría poderles ayudar. Sin duda, la ecpatía puede ser una habilidad tan importante como la empatía.

El distanciamiento psicológico

También otro concepto relacionado con estos de empatía selectiva o ecpatía es el del distanciamiento psicológico. Muchos conoceréis la historia de Victor Frankl, un psiquiatra que fue atrapado por el ejército nazi e internado en un campo de concertación. Sobrevivió (no como el resto de su familia, todo hay que decirlo), y el libro en el que narra la forma en la que hizo frente a todo este proceso se sigue vendiendo por millones y es considerado una obra de referencia. Pues bien, una de las estrategias que identifica el propio Frankl que le ayudaron a hacer frente al dolor es precisamente la del distanciamiento psicológico, la habilidad para tomar distancia de una situación y poder observarla desde un punto de vista más general y menos conectado con la propia experiencia. Frankl, recordemos, psiquiatra, aplicó esta estrategia durante el tiempo que permaneció en el campo de concentración para poder adoptar ese rol de observador y no de víctima de lo que estaba viviendo, lo cual le ayudó a poder regular mejor su estado emocional y no derrumbarse.

En fin, que como veis, nada es blanco ni negro, y tampoco lo es una habilidad tan deseable como la empatía. En ocasiones es necesario poder controlarla para evitar que sean los demás o las circunstancias quienes tomen el control de nuestra vida. Pero, en todo caso, el exceso de empatía no deja de ser un problema menor. Frecuente pero menor.

Realmente si todos fuéramos más empáticos tener ese “exceso de empatía” dejaría de ser tan probemático. De hecho, quizá dejaría de ser excesiva, pero como nuestro contexto no va tan sobrado de empatía, un exceso como hemos visto, puede resultar problemático.

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