Factores que contribuyen a la resiliencia infantil

Seguro que todos habéis escuchado hablar de la resiliencia y de la importancia de “trabajarla” o entrenarla desde bien pequeños para no “hacer niños blanditos sin tolerancia a la frustración”, que se dice. Bien, hoy vamos a dedicar este artículo a hablar de cómo podemos construir en nuestros niños esta característica tan importante para su vida. Vamos a verlo.

 

¿Qué es la resiliencia?

Empezaremos por el principio, y lo primero sería definir la resiliencia. Cuando hablamos de resiliencia nos referimos a la capacidad que tenemos las personas para superar traumas y heridas. Esa capacidad que tenemos, se ha observado de manera evidente en las experiencias de niños maltratados, huérfanos, abandonados, o que han tenido de vivir catástrofes, guerras y, pese a ello, han sido capaces de salir adelante. Estas personas nos enseñan que con una actitud positiva se puede salir adelante incluso en las circunstancias más adversas.

Pero hay otras que no lo consiguen y que esos hechos les marcan de un modo negativo de por vida; ¿qué es lo que distingue a estas personas resilientes, de las otras que no logran sobreponerse a dificultades con las que, en mayor o menor medida, todos nos tendremos que enfrentar? Según Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan, si algo parece claro, es que la resiliencia difícilmente proviene de la soledad. Las personas necesitamos de la solidaridad de los demás para recuperar la confianza en nosotros mismos y nuestra capacidad de querer.

En la actualidad hay bastante acuerdo en que recibir un buen trato en la infancia proporciona las bases de una buena salud mental y física, y que las experiencias de buen trato y respeto en la niñez se relacionan con la aparición de esa resiliencia. En este sentido, se pueden distinguir diferentes sistemas que nutren, protegen, socializan y educan a los niños, que irían desde lo más nuclear o interno del niño, hasta variables más externas del entorno. Cuanto más cercanos y significativos sean para el niño, mayor será el impacto que ejerzan en él.

El ontosistema

Primero tenemos lo que se conoce como ontosistema, que se refiere a las características propias del niño o la niña. Sería como la madera de la que está hecho el niño. A este nivel podemos encontrar diferencias ya en los bebés que pueden mostrar distintos tipos de temperamento: muchos son de temperamento agradable, pero también los hay de temperamento reservado o difícil. Más activos o más tranquilos, más introvertidos o extrovertidos… Estas diferencias, que están desde edades muy tempranas, tienen en parte un componente genético.

El microsistema

En el segundo nivel tenemos el papel de la familia o microsistema. Las investigaciones sobre resiliencia señalan la importancia del papel de la familia en la protección psicológica del niño frente a las experiencias traumáticas. Cuando hay por lo menos un progenitor “competente” (ahora veremos qué significa exactamente), esto supone un factor de resiliencia. Se habla de “parentalidad competente y resiliente” para referirse a la capacidad de los padres para asegurar los cuidados necesarios y ayudarles a hacer frente a los sucesos dolorosos. En este sentido, se ha observado que las dificultades de la vida pueden ser fuentes de crecimiento siempre y cuando el niño encuentre en sus padres el apoyo necesario para enfrentarlas y darles un sentido.

Entre las características de estos padres competentes y resilientes se encuentran la flexibilidad, la capacidad para enfrentar y resolver problemas, las habilidades de comunicación y la capacidad para participar en redes sociales de apoyo. Es decir, que los niños necesitan de sus padres, pero esos padres también necesitan la ayuda de los demás para poder cuidar y educar a sus hijos.

El exosistema

Esto nos enlaza con el siguiente nivel, el exosistema o colectividad. En este nivel está claro que un entorno claramente hostil o desfavorecido, con carencias, exclusión social o pobreza, tiene un papel dañino en el desarrollo infantil. Eso nadie lo discute, pero también se insiste en que, en los entornos en los que las necesidades más básicas y materiales están bien cubiertas, existe el riesgo de transformar las relaciones familiares y sociales en meros formalismos en los que se prive a los niños de la afectividad y el apoyo social que necesitan para crecer sanos. 

En este nivel es importante la presencia de adultos significativos que puedan influir positivamente en el desarrollo de los niños, especialmente cuando los padres no pueden hacerse cargo de sus hijos, como puede ser el caso de los niños refugiados, en barrios con problemas de conflictividad social o en niños víctimas de negligencia, malos tratos o abusos. En este sentido, hay que tener en cuenta el importante papel de la escuela, ya que en algunos casos se trata de la segunda fuente de cuidados, buenos tratos y seguridad, después del propio hogar. Y en los casos más graves, quizá la única. En estos casos el personal docente puede construir un modelo adulto de buen trato.

El macrosistema

Y por último tenemos la influencia del macrosistema que se refiere al contexto cultural y político en el que se desarrollan los niños. En nuestro caso, según estos autores, el modelo que caracteriza las relaciones entre adultos y niños es lo que denominan una “cultura adultista”, o lo que otros denominan “modelo adultrocéntrico”. ¿A qué se refieren? Con estos términos se refieren a las creencias y asunciones que habitualmente damos por sentadas y que justifican determinadas formas de tratar a los niños que suponen un abuso de poder y que se presentan como actitudes necesarias en nombre de la educación, el orden o la patria potestad. Un modelo en el que se entiende esta patria potestad como un derecho de los padres sobre los hijos, sin tener en cuenta muchas veces sus derechos y necesidades. “Es mi hijo” decimos a veces, como si fuera una posesión o como si esto nos diera derecho a pisotearles.

Como vemos, construir niñas y niños que sean fuertes y resilientes no es tarea exclusiva de los padres. Si bien éstos tienen una de las fuentes de influencia más importantes, por ser los más cercanos a los niños, estas influencias van desde los factores más internos de la propia criatura, hasta la influencia del contexto social en el que se desarrollan, pasando por familia y escuela. Y lo que está claro es que, para poder ayudar a los pequeños a ser resilientes, las familias no pueden educar en soledad. Necesitan el apoyo de todo el entorno, lo cual, a veces, es complicado en un entorno como el nuestro.

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Licencia Creative Commons Este artículo, escrito por Alberto Soler Sarrió se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 España.
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