El efecto Ikea y sus sorprendentes implicaciones para tu día a día

Seguro que muchos tenéis ese amigo que tiene un huerto ecológico, o urbano, o en su chalet o donde sea, y resulta que sus tomates son los mejores tomates que puedes probar. Esto también puede aplicarse a sus zanahorias, calabacines o berenjenas. O al menos eso es lo que piensa él. También existe otra versión del amigo con huerto, que es el amigo con linux, ese que te persigue para que te “pases” al software libre, y así puedas compilar a mano cada aplicación que quieras utilizar y aprender un montón de extraños comandos de terminal. ¿Qué tienen estos dos amigos en común? Hoy vamos a hablar del Efecto Ikea. 

El fracaso de los preparados para pasteles

En los años 50 del siglo pasado, después de muchas investigaciones y mucho dinero invertido, se pusieron a la venta en Estados Unidos unos preparados para hacer pasteles. Unos polvos a los que simplemente había que añadir agua o leche, meterlos al horno, y pastel listo. Pero, en contra de toda expectativa, éstos preparados no acabaron de calar entre las amas de casa americanas. ¿Por qué? 

Después de mucho analizar qué es lo que podía haber pasado, pensaron que una posible explicación era que estos productos hacían que cocinar los pasteles fuera “demasiado fácil”, tan fácil las “cocineras” no se sentían demasiado orgullosas de su pastel. Parece ser que las compradoras (en su mayoría mujeres) no se sentían lo sufientemente bien usándolos; aunque el pastel estuviera bueno, no lo sentían como suyo. “Oye, qué bueno te ha quedado el pastel, ¿cómo lo has hecho?” “Nada, simplemente he mezclado los polvos y lo he metido en el horno…” No parecía algo de lo que pudieras sentirte “orgulloso”. 

Visto el fracaso, los fabricantes cambiaron la receta y le quitaron el huevo para que fuera necesario añadirlo a la mezcla antes de hornearlo… y ¡booom! Un éxito de ventas. El simple hecho de tener que romper el huevo, batirlo y añadirlo al preparado parece que era suficiente para que las cocineras sintieran el pastel como más suyo. El resultado final era el mismo, el sabor era idéntico, pero se valoraba mucho más. Consiguieron un mejor equilibrio entre hacerlo suficientemente fácil como para que cualquiera pueda hacerlo en poco tiempo, pero sin llegar al punto de “añadir agua y mezclar”, con el que las ventas no funcionaban. 

Con este ejemplo vemos como nuestra preferencia por algo está determinada no solo por características o propiedades de la cosa en sí, sino también por lo que nosotros hemos aportado al resultado. 

El efecto Ikea

Muchos estudios han encontrado este efecto, mediante el cual, el trabajo que uno invierte en algo hace que valoremos mejor el resultado final; esto es lo que explica lo de los tomates del huerto ecológico de tu amigo, lo feliz que es el otro amigo con sus comandos de terminal en Linux, o lo mucho que te gusta cada vez que ves ese mueble de Ikea que montaste. De hecho, éste fenómeno ha sido bautizado precisamente como “el efecto Ikea”, en honor al famoso fabricante sueco de muebles. 

Para analizar esto se hizo un experimento en el que tomaban a un grupo de personas a las que les pedían que montaran unas cajas de Ikea y luego les pedían que las valoraran. A otro grupo les daban una cajas idénticas, pero ya montadas, y también les solicitaban una evaluación. Pues bien, los que habían montado las cajas las valoraban con una puntuación significativamente mayor que a los que se las dieron ya montadas, y también estaban dispuestos a pagar más por ellas en caso de tener que comprarlas. Además, se vio que un factor importante para que se presente ese “efecto IKEA” es que se pueda finalizar la tarea, ya que a los participantes a los que no se les permitió acabar el montaje, y que solo pudieron realizar la mitad de los pasos, no valoraron el producto final tanto como los que sí pudieron hacer todos los pasos. 

En otro experimento sobre este tema pedían a un grupo de personas que construyeran unas figuritas de origami, que podían ser una rana o un pájaro. Les dejaron que se tomaran todo el tiempo que necesitaran para construirlas, y luego les pidieron que las valoraran, diciendo cuánto estarían dispuestos a pagar por esas figuritas si tuvieran que comprarlas. Del forma parecida a lo que ocurría en el experimento anterior, esta valoración fue más alta que la que hicieron otras personas de esas mismas figuras, y prácticamente igual que la que los otros hicieron de figuras hechas por expertos en origami.

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Además, parece que a mayor dificultad, mejor valoración del producto y mayor “efecto Ikea”. Esto se vio en una variación de este experimento, en la que modificaban las instrucciones para montar las figuritas de origami ocultando la leyenda donde se explicaba lo que significaba cada símbolo, con lo que se hacía mucho más difícil el montaje. Pues bien, a quienes se les ocultó la leyenda de las instrucciones valoraron más sus construcciones, pese a que objetivamente (medido por evaluadores externos) éstas eran de peor calidad. Vamos, que a mayor esfuerzo, mayor valoración y satisfacción. 

Implicaciones del Efecto Ikea

¿Y qué implicaciones tiene todo esto? Por ejemplo una aplicación de este efecto Ikea que podemos aprovechar en casa, en la relación con nuestros hijos, es con el tema de la comida. Sí en lugar de insistirles o forzarles a comerse lo que les cocinamos, les invitamos a ayudarnos en la cocina, al haber participado del proceso, quizá estén más por la labor y se animen a probar esas verduras, o ese pescado que no hay manera que quieran comer. Y lo mismo con el orden en casa o la limpieza. Cuando participan del proceso, valoran más el resultado. 

Y es que, como vemos, son muchas áreas en las que se puede observar este efecto IKEA: el trabajo, la cocina, el bricolaje… y ¿cómo no? con los hijos. Los hijos, en sí mismos, serían un claro ejemplo de este efecto IKEA, y es que el esfuerzo que invertimos en la crianza y la educación de los hijos aumenta nuestro amor por ellos (y también nos protege de los juicios ajenos). A más tiempo invertido, más pañales cambiados o, incluso, más noches en vela, paradójicamente mayor vinculación tendrás con tus hijos (y éstos contigo, claro), lo que se traduce en mayor disfrute, placer, alegría… como quieras decirlo. Pero si a la primera de turno te escaqueas de tus responsabilidades, pones excusas para llegar más tarde a casa hasta que ya estén cenados y dormidos, si en vez de bajar al parque te apuntas a paddle con los amigos… entonces quizá te cansan menos, sí. La crianza quizá te resulte menos pesada. Pero probablemente también te sientas menos feliz con “el resultado” (de hecho quizá incluso, de paso, te ganas un divorcio por caradura, todo sea dicho). 

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