La fragilidad de la memoria: por qué no deberías fiarte de ella

Ni recuerdas todo lo que ha pasado, ni todo lo que recuerdas en verdad ha sucedido.
Hay ciertas cosas que damos por sentadas, porque cuestionarlas nos produce mucha inseguridad. Y una de ellas es la memoria; nuestros recuerdos tienen un papel muy importante en la formación de nuestro autoconcepto, de nuestra propia imagen. Porque, ¿qué somos, si no nuestros recuerdos? En base a ellos construimos nuestra identidad y tomamos decisiones. Pero, ¿y si nuestra memoria realmente no fuera tan de fiar?

 

Distintos tipos de memoria

Hoy hemos empezado hablando de la memoria “así en general”, pero hay que decir que realmente la memoria es algo más complejo, con varias estructuras cerebrales implicadas, procesos diferentes, etc. Memoria no hay solo una: tenemos diferentes tipos de memoria, como la memoria sensorial, la memoria a corto plazo, la memoria a largo plazo… y cada una de estas tiene diferentes divisiones o diferentes memorias, si se quiere llamar así: memoria de trabajo, memoria episódica, semántica, procedimental, declarativa… vamos, que es algo más complicado que hablar simplemente de “memoria”. Pero bueno, cuando hablamos de memoria, solemos referiremos a lo que se conoce técnicamente como “memoria episódica declarativa”, que es la que contiene la información referida al conocimiento sobre el mundo y sobre las experiencias que cada uno vivimos. Vamos, nuestros recuerdos e información.

Pues bien, esta memoria de la que tanto solemos fiarnos, en realidad resulta que no es un mecanismo tan infalible como nos gustaría creer, es una función mental que, durante sus procesos de codificación y descodificación, aplica una serie de reglas y heurísticos que pueden llegar a modificar bastante la imagen que tenemos sobre lo que ocurrió en realidad.

Tu primer recuerdo es (probablemente) falso

Por ejemplo, ¿cuál es el primer recuerdo que tenéis? Haced el esfuerzo por buscar en vuestra mente el primer registro que tengáis. ¿Ya? Muy bien. La mayoría tendréis ahora mismo en la mente un recuerdo acerca de algo que vivisteis en vuestra infancia. Hasta aquí todo correcto. Muchos de vosotros, de hecho, recordaréis algo que pasó cuando teníais dos o tres años. O quizá incluso antes. Pues bien, lo siento, si sois de este último grupo, mala noticia: ese recuerdo es falso. Ninguno de nosotros tenemos recuerdos previos a la edad de dos o tres años, y la mayoría no tenemos recuerdos formados antes de los cuatro o cinco años.

¿Por qué sucede esto? Para entenderlo primero hay que conocer el concepto de “poda neuronal”. Desde que nacemos el cerebro se desarrolla a una velocidad vertiginosa. Durante los dos primeros años de vida se crean tantas conexiones neuronales que un bebé de un año tiene más conexiones entre sus neuronas de las que tendrá en ningún otro momento de su vida. Pero esto no es necesariamente bueno. A partir de ese momento se comienzan a eliminar las conexiones neuronales que no son necesarias, las que no se utilizan con mucha frecuencia. Este proceso es la poda neuronal; el cerebro, como un árbol, necesita de esa poda para poder crecer sano. Y precisamente en ese proceso de poda se eliminan muchos de los recuerdos episódicos que habíamos creado durante esos años.

Muchos creemos tener recuerdos de esas edades, pero en realidad esos recuerdos realmente no los “grabamos” en aquel momento, sino que los hemos registrado mucho más tarde en la vida en base a relatos que nos han contado, fotos que hemos visto, vídeos… Y muchos estaréis pensando… ¡pero si yo me acuerdo!! Yaaa, yaaa… eso es así, pero es que el cerebro, una vez almacena la información, no distingue si un recuerdo es real o falso. Esto da un poco de miedo, porque resulta que eso que jurarías haber vivido, resulta que quizá no lo viviste. Por ejemplo, hay niños que recuerdan perfectamente haber visto a bugs bunny y haberse fotografiado con él cuando fueron a Disneyland de pequeños con sus padres. Pero como comprenderéis en Disneyland no hay personajes de Warner. Lo que ocurre es que somos muy susceptibles a la creación de falsos recuerdos; todos los tenemos, de mayor o menor relevancia, el problema es cuando otras personas se aprovechan de esto para generarnos falsos recuerdos y beneficiarse de ellos. Por ejemplo, en algunos casos puede ocurrir que algún “terapeuta” quiera inducir en los pacientes el falso recuerdo de haber sido abusados o maltratados durante la infancia, para luego ofrecerles tratamiento, en ocasiones durante años, para poder superar estos traumas…¡negocio redondo!

Esto de los falsos recuerdos se explica porque la memoria no funciona como creemos que lo hace. Tenemos en mente la metáfora de la grabadora y pensamos que nuestro cerebro funciona así, grabando las cosas que ocurren y luego, cuando queremos recordarlas, simplemente accedemos a la “estantería cerebral” donde estaría ese recuerdo, lo cogemos, le damos al play y listo, como quien mete un DVD en el reproductor o abre un libro. Pero realmente no es así. Los estudios sobre funcionamiento de la memoria nos muestran que es un proceso mucho más complejo y activo. Cuando queremos recordar algo, en verdad lo que hacemos es acceder al recuerdo y reconstruirlo de nuevo, influidos por muchos factores: por nuestro estado emocional en el momento de recordarlo, por nuestras expectativas, por la información con la que contemos… e influidos por todo eso, modificamos este recuerdo. Pues bien, y aquí viene lo interesante, la siguiente vez que vayamos a recordar ese episodio, no recordaremos el registro inicial de cuando aquello ocurrió, sino que accederemos al registro modificado de la última vez que recordamos eso. Y a partir de este recuerdo modificado, crearemos un nuevo recuerdo, todavía más cambiado. Y así sucesivamente. Cuánto más recordamos, más modificamos. Es un poco como el teléfono loco. De hecho, podemos llegar a estar totalmente convencidos de haber vivido algo de una determinada manera y no ser así.

La memoria es limitada

Además, tampoco podemos guardar en la memoria todo lo que nos pasa; cuando vivimos algo, en función de la relevancia que le asignemos, se grabará o no en la memoria. ¿Y cómo sabe nuestro cerebro si debe guardar algo en la memoria o no? Para decidirlo se hace servir de varias reglas; por ejemplo, recordamos más las cosas que se salen de lo habitual, lo que nos sorprende, las cosas que ocurren al principio o al final de un evento determinado… y un truco que usa el cerebro para saber si algo nos ha despertado interés y merece ser recordado es la activación de la amígdala, el centro emocional del cerebro. Si se activa la amígdala, es que lo que estamos viviendo es importante y merece ser recordado.

En definitiva, y por no alargarnos más: que la memoria es un proceso complejo, que su forma de funcionar es bastante distinta a como se suele creer y, sobre todo, que es mucho menos fiable de lo que solemos pensar. Muchos de los recuerdos que tenemos, de esos por los que “pondríamos la mano en el fuego”, quizá no ocurrieron como recordamos. O peor de todo, quizá ni siquiera ocurrieron. Da miedo, ¿verdad?

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