Yo también grito a mis hijos… y os cuento qué hacer para minimizarlo

Muchas madres y padres que vienen a la consulta para tratar algún tema relacionado con la crianza, con mucha vergüenza, me reconocen que de vez en cuando se desbordan y acaban gritando a sus hijos. Entonces suele pasar que, cuando les cuento que a mí también me pasa, y que no conozco a nadie que no le ocurra, parece que les quite un enorme peso de encima. Y es que vivimos en tiempos de redes sociales, y en las redes tenemos que tener claro que hay mucho postureo: madres y padres perfectos, ideales, que siempre actúan bien, que tienen una ingeniosa respuesta para todo, que aprovechan cualquier situación para extraer un aprendizaje súper significativo… Y, por supuesto, que nunca gritan ni pierden los nervios! Parece que siempre lo hacen bien y hablan como en los libros, con diálogos perfectos. Pero no… la realidad no suele ser siempre tan pulcra y pulida…

Como os decía, yo también he gritado a mis hijos; y aunque me proponga que no vuelva a suceder, sé que lo haré. Porque soy humano, porque tengo días malos en los que pierdo los nervios y luego me siento súper culpable por no haber actuado del modo en el que sé que debería y que podría haberlo hecho. Por suerte no es muy frecuente, pero también me pasa, y fingir que somos perfectos es absurdo. ¿No os resultan cansinas las vidas de esas familias que se ven por las redes en las que parece que todo es color de rosa, nunca se enfadan, nunca se ensucian, que llegan a todo…? ¡Es tan irreal!

Desde luego, la nuestra no es de esas familias, nosotros también llegamos tarde a los sitios, vamos con los pelos locos, nos enfadamos, y a veces hasta nos gritamos. Hay gente que nos dice “claro, es que siendo los dos psicólogos lo tenéis chupado en casa, ¿no?” Pues qué queréis que os diga… Para algunas cosas sí, pero para muchas otras no. Está claro que siendo los dos psicólogos, tenemos unos conocimientos que nos ayudan a no meter la pata en según qué cosas, pero como también somos personas esto tampoco es garantía de nada: también tenemos días complicados, nos cansamos, nos estresamos y de vez en cuando perdemos los nervios. De eso no se escapa nadie.

Pero ojo, no me entendáis mal; esto no es una justificación para padres autoritarios que creen que la mano dura, los gritos y el miedo son la mejor forma de educar a los hijos. Son la peor, de hecho. Este vídeo es para todos esos padres, que sois la mayoría, que hacéis todo lo posible por tratarles con amor, cariño y respeto, pero que de vez en cuando metéis la pata, acabáis gritando y luego os sentís lo peor del mundo. Y es que una cosa es que un día estés desbordado y “se te escape un grito”, y otra muy distinta es que de manera consciente y voluntaria emplees los gritos como una estrategia para educar a tus hijos. Aquí ya hablamos de algo mucho más preocupante, y que además, no suele ir acompañado del propósito de enmienda. Esta actitud es la que de verdad daña a los hijos.

Y es que gritar a los hijos es eso, un error, una metida de pata, que implica que hemos perdido el control; ya sabemos que no hay ninguna situación que mejoremos gritando. Ninguna. Pero es un error muy humano. Tenemos que ser comprensivos con nosotros mismos, y lo suficientemente responsables como para corregir el error y tratar de evitar hacerlo de nuevo. Y, por supuesto, cuando nos equivoquemos, pedir perdón al implicado: “jo, cariño, lo siento, no tendría que haberte hablado así”. Qué menos, ¿no?

Es muy difícil no gritar nunca, pero tenemos que intentar que suceda las menos veces posibles; los gritos acaban dañando la relación entre padres e hijos, perjudican su autoestima, contribuyen a la pérdida de confianza, generan un clima de estés y malestar, y además, dan un modelo negativo de relación basada en la agresividad. 

Cuando gritamos a los niños no suele ser tanto su culpa sino nuestro descontrol; la mayoría de las veces en las que un niño “se gana un grito” es por, simplemente, comportarse como un niño en un momento en el que a los padres no le venía bien. Esto suele suceder especialmente al final del día, cuando vamos con prisas, cuando estamos cansados, enfadados, nos sentimos juzgados, etc. 

¿Y podemos hacer algo para que esto no suceda? Bueno, podemos hacer algo para minimizar las veces que pase. Ponernos en el lugar de los peques ayuda a bajar un poco el nivel de tensión, y ayuda a recordar que no se comportan así para desafiar, sino simplemente porque son niños. Ser conscientes de nuestras propias emociones y estados internos también es necesario si queremos gritar menos: los días en los que estamos especialmente cansados o nerviosos deberíamos bajar el nivel de exigencia y ser más tolerantes, ya que la probabilidad de acabar todos de mala leche es muy alta. Una misma conducta va a tener respuestas muy diferentes por nuestra parte en función de cómo nos encontremos. 

Y, sobre todo, para gritar menos, ayuda mucho ajustar las expectativas: los niños son movidos, inquietos, van a la suya, no obedecen “a la primera”, tienen intereses distintos a los nuestros, son más torpes, se les caen las cosas del suelo, se hacen daño entre ellos cuando juegan, todavía no saben gestionar las relaciones sociales, tienen conflictos entre ellos… por eso, si piensas que estas cosas merecen un grito, puedes ir buscando un logopeda, y un abogado, porque igual te quedas sin voz, o peor aún, sin pareja y sin hijos (cada 15 días). 

Me parece más razonable aceptar lo que es normal y tratar de construir una relación basada en el buen clima y la confianza. Sin dejar de enseñarles la forma correcta de hacer las cosas, pero sin estar todos siempre enfadados. Y cuando te equivoques y grites, que sucederá, recuerda: pide perdón, y perdónate. 

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Licencia Creative Commons Este artículo, escrito por Alberto Soler Sarrió se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 España.
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