La vida no se medica, pero estamos sobremedicados

La tristeza no es una enfermedad, ni lo es estar agobiado por el trabajo, nervioso por tener que hablar en público, por los exámenes, ni el niño que se mueve, que suspende o que es un poco despistado. Todo esto son problemas cotidianos que no requieren medicación, o al menos no deberían requerirla. Esto es, simplemente, la vida. Y la vida no se medica…. Bueno, no se debería medicar, pero la realidad es otra: estamos sobremedicados. Vamos a verlo.

Parece demasiado obvio decir que nadie queremos pasarlo mal, faltaría más. Queremos que la vida nos vaya súper bien, tener mucho dinero, mucha salud, muchos amigos, autoestima súper sana, cero preocupaciones, aficiones súper interesantes, un cuerpo precioso, una casa genial, y además, que toda la gente a la que queremos le vaya la vida igual de bien. Pero hay un pequeño problema: la vida no funciona así. Y a veces nos cuesta asumirlo, hasta el punto que llegamos a estar sobremedicados por no aceptar la vida como es. 

En la vida hay momentos para todo, y al igual que hay épocas en las que todo parece sonreírnos, hay otras rachitas en las que parece que nos haya mirado un tuerto (con perdón a los tuertos, que nos conocemos…) Y más frecuente que estas rachas, es que la mayoría de los días son una mezcla de cosas buenas, malas y neutras. 

A donde quiero llegar, como decía, es que la tristeza no es una enfermedad, ni lo es estar agobiado por el trabajo, nervioso por al hablar en público, por los exámenes, o triste por la muerte de un ser querido o por una ruptura sentimental. Pero tengo la sensación de que cada vez somos menos tolerantes ante estas situaciones. No es que tengamos que ser mártires de la vida, pero sí ajustar un poco las expectativas. En la vida hay dolor, ansiedad, bajones, nerviosismo, sueño, cansancio, dolores, preocupaciones, y no podemos resolverlo todo a golpe de pastilla. El dolor forma parte de la vida. Pero no lo queremos ver, y nos sentimos desgraciados al no ser capaces de llevar esas vidas tan estupendas y geniales que se comparten en las redes… ¿pero queréis que os cuente un secreto? Esas vidas no existen. 

Cuando digo que cada vez somos menos tolerantes ante las emociones negativas, no es tan solo mi opinión. Mirad, por ejemplo, los datos acerca de cómo está evolucionando el consumo de ansiolíticos según los últimos datos de la agencia española del medicamento.

Su consumo no deja de aumentar año tras año; entre los años 2000 y 2012 se incrementó en un 57%, pero este incremento es mucho mayor si nos fijamos en algunos fármacos concretos: por ejemplo, las benzodiacepinas de vida media crecieron un 70% en ese periodo.

 

¿Os parece mucho? Veamos los datos de esta misma agencia respecto a los antidepresivos. Entre 2000 y 2013 se ha incrementado su consumo en un, atención, 200%. Los ISRS (entre los que se encuentran, por ejemplo, la fluoxetina -el famoso prozac- o la paroxetina) siguen siendo los más consumidos, y han experimentado un incremento en su consumo del 159% en este periodo.

Como vemos, en nuestro país no deja de crecer el consumo de psicofármacos, a pesar de que las patologías que deberían tratar se mantienen más o menos estables. Aquí estamos hablando de adultos, pero en el caso de los niños es tanto o más alarmante. Por ejemplo, mirad cómo se ha disparado el consumo de metilfenidato, el fármaco más usado para los síntomas del TDAH, entre 2003 y 2016:

Entre 2001 y 2016 se ha multiplicado por 20 el consumo de este fármaco, y nos encontramos entre los principales consumidores mundiales de este fármaco contra el TDAH trastorno que además está muy sobrediagnosticado y los niños también sobremedicados: hay muchos niños medicados que ni si quiera cumplen los criterios diagnósticos. Por ejemplo, se ha visto que hay mayor probabilidad de utilizar estos fármacos durante el periodo escolar entre alumnos de rentas más altas, lo que apunta un vínculo entre TDAH y preocupación por el rendimiento académico en familias a partir de cierto nivel de renta.

Un niño nervioso, tímido, despistado o mal estudiante no es un niño enfermo que se deba medicar. No existe una pastilla para que el niño sea menos molesto o saque mejores notas. Bueno, quizá sí que existe, pero no nos desviemos del tema…

En fin, no me malinterpretéis, los trastornos mentales existen, y los infantiles también, pero os aseguro que son mucho menos frecuentes de lo que se diagnostica actualmente, y muchas personas están siendo medicadas de manera innecesaria.

Y es que hay una presión de la industria para crear nuevos síndromes, nuevas etiquetas, que lleven de la mano una pastilla mágica que los solucione. Por ejemplo, ya se está empezando a hablar de la “pre diabetes” como una condición no patológica, pero que se debe medicar para evitar males mayores.

Pero no le echemos las culpas solo a la industria, porque no son ellos los únicos responsables de la situación. También hay “médicos de receta fácil”, que ante la primera lágrima de un paciente no dudan en darle un ISRS, una benzodiacepina para que duerma mejor, y qué demonios, también la baja, porque así no se puede trabajar. O los que diagnostican y medican para el TDAH a un niño tras una conversación de 10 minutos con los padres. Sí, os lo aseguro…

Pero ojo, que tampoco son solo ellos, sino que hay muchas personas que no se quedan tranquilas si no salen de la visita al médico de cabecera con su receta debajo del brazo. Y que no dudan en recurrir al “antibiótico de los tres días” ante el primer signo de resfriado.

Hemos perdido la tolerancia al malestar, parece que ya no sabemos enfermar, estar tristes o nerviosos. Pensamos que la vida son las risas que vemos por Instagram, que también lo es, pero no solo eso. La vida no se medica. Ni la tristeza, ni el resfriado, ni el niño movido o despistado.

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