Diagnóstico psicológico: ¿sirve para algo, o son solo etiquetas?

Os he hablado muchas veces acerca de la importancia que tienen las etiquetas que ponemos a las personas y del peligro que tienen, entre otras cosas, porque muchas veces son negativas y resulta que pueden acabar haciendo que las personas se comporten de acuerdo a la etiqueta que se les ha puesto. Hoy vamos a hablar sobre los diagnósticos psicológicos: hiperactividad, depresión, autismo,… Muchas veces nos lo habéis preguntado, ¿sirve de algo el diagnóstico psicológico, o son una etiqueta más? ¡Vamos a verlo!

Quienes me conocéis, ya sea personal o profesionalmente, sabéis que me enorgullezco de ser poco patologizador. ¿Qué quiere decir eso? Es lo mismo que decir que soy muy normalizador o poco alarmista. No me gusta describir la conducta de las personas con etiquetas o nombres de trastornos muy rimbombantes para impresionar a la gente. En lugar de ello me gusta poder describir lo que sucede de una forma transparente y llana, de un modo que pueda ser entendido por cualquier persona y que no genere una sensación innecesaria de alarma.

El diagnóstico psicológico: ¿sirve de algo?

Todo lo que hoy voy a explicar acerca del diagnóstico psicológico se aplica tanto en el caso de evaluaciones de adultos como en el caso de niños, aunque en éste último caso, como veíamos en el artículo sobre el Efecto Pigmalión, actuar erróneamente tiene unas consecuencias mucho más graves. Veamos un ejemplo: imaginemos que acude un paciente a consulta con un cuadro de síntomas muy claro: lleva un tiempo muy triste, se le ha ido el apetito e incluso ha perdido algo de peso, le cuesta disfrutar de las cosas que antes le hacían sentir bien, le cuesta más dormir por la noche, etc. Cualquier profesional especializado en la evaluación y el diagnóstico de los trastornos mentales encontrará muy sencillo traducir esta sintomatología a la jerga profesional. Podría explicarle a su paciente lo que le ocurre de este modo:

«Ud. presenta un cuadro sintomatológico caracterizado por una marcada disforia, incipiente anorexia (no nerviosa), anhedonia, insomnio de conciliación, etc. Está claro que Ud. padece un Trastorno Depresivo Mayor».

Más allá de lo guay que queden estas palabras y lo mucho que puedas impresionar a tu paciente, ¿sirve para algo algo? Desde mi punto de vista no, o al menos no para nada bueno. Para empezar, porque el paciente no va a entender mucho de lo que le estamos diciendo, pero además, es que el uso de esa verborrea pedante lo único que puede hacer es causarle una impresión de gravedad innecesaria. Especialmente, si le decimos que sufre un Trastorno Depresivo MAYOR.

Cuando tras una primera sesión el paciente me pide mi impresión clínica, procuro evitar caer en estos términos, y aunque lo tenga muy claro, en la mayoría de los casos, evito dar un diagnóstico. En vez de eso le explico al paciente qué es lo que le pasa, en algunos casos también el peligro de las etiquetas y de comportarse de acuerdo a ellas. En el caso que anteriormente comentaba, mi «diagnóstico» podría ser algo así como:

«Ud. lleva una temporada en la que es evidente que lo ha estado pasando bastante mal; esto no es raro, teniendo en cuenta lo que le ha sucedido. Lo que siente no es extraño, le ocurre a muchas personas, y con un poco de ayuda pronto saldrá de esta mala racha. Para eso lo que vamos a hacer es… »

Algunas utilidades del psicodiagnóstico

Entonces, ¿quiere decir esto que el diagnóstico psicológico no sirve para nada? En absoluto. Para empezar, porque hay casos en los que es el propio paciente quien necesita ese diagnóstico; saber que lo que le ocurre tiene un nombre, que no es grave (o que sí lo es), que muchas personas han pasado por ahí, y que con el tratamiento adecuado se puede superar. Por ejemplo, hay personas que acuden muy angustiadas con pensamientos acerca de hacer daño a sus seres queridos. Están constantemente invadidos por imágenes muy violentas que les asustan mucho. Piensan que se están volviendo locos, e incluso llegan a pensar en el suicidio como única salida antes que dañar a nadie. Pero saber, tras un adecuado diagnóstico, que lo que tienen es un trastorno obsesivo, que no van a hacer daño a nadie, y que existe un tratamiento, les ayuda a no sentirse unos monstruos.
Y es que para poder abordar correctamente una patología el primer paso es lograr establecer diagnóstico correcto, y lo que es más importante, lo que se conoce como diagnóstico diferencial: no sólo saber qué es lo que le sucede al paciente sino también saber diferenciarlo de otras cosas que pueden parecerse pero que no son lo que le ocurren a él. Muchos trastornos comparten una serie de síntomas bastante inespecíficos, por lo que es importante distinguir bien ante qué nos encontramos.

Por ejemplo: una paciente que acude a consulta por un bajo estado de ánimo, llanto frecuente, pérdida de motivación, cansancio, aumento de peso reciente… En este caso, antes que diagnosticar una depresión, no estaría de más hacer el diagnostico diferencial con un hipotiroidismo, que da una sintomatología muy parecida a la depresión. Porque en un caso así, por mucho que intentemos tratar estos síntomas, mientras no se normalice la función tiroidea no vamos a conseguir nada.

Además, los diagnósticos sirven para movilizar recursos y orientar el tratamiento. Por ejemplo, en niños con TDAH, trastornos del espectro autista, altas capacidades… tener un diagnóstico permite tanto a nivel sanitario como educativo poder atender correctamente sus necesidades.

Otra función de los diagnósticos es que, a la hora de poder comunicarnos con otros profesionales, tener una etiqueta diagnóstica facilita mucho la tarea: simplemente con saber el nombre del trastorno o su código diagnóstico ya tenemos claro qué le pasa al paciente, cuál es el grado aproximado de gravedad, el curso probable del trastorno, la sintomatología que presenta, si suele requerir medicación o no, etc. Es algo que nos ahorra mucha comunicación redundante.

En todo caso, es responsabilidad de cada profesional comunicarse con su paciente de forma que a éste le resulte comprensible, si no, la información cae en saco roto. El diagnóstico debe ayudar al paciente a comprender qué le sucede y, poder normalizar su situación. Si no cumple estos criterios es que el profesional está fallando y no está siendo capaz de captar las necesidades reales de su paciente.

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Licencia Creative Commons Este artículo, escrito por Alberto Soler Sarrió se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 España.
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